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jueves, 30 de mayo de 2013

María mujer Eucaristica

El Pan eucarístico que recibimos es el verdadero Cuerpo nacido de María Virgen. Jesús es «carne y sangre de María» . Podemos descubrir de esta forma una semejanza profunda entre el HÁGASE de María y el amén que cada fiel pronuncia antes de recibir el Cuerpo de Cristo. A María le pidió el ángel creer que Aquel que nacería de su seno era el Hijo de Dios y a nosotros se nos pide de manera análoga creer que es el mismo Señor Jesús quien está presente de forma verdadera, real y substancial bajo la apariencia del pan.
En la VISITACIÓN de María a su prima Isabel podemos descubrir a la Madre como «el primer "tabernáculo" de la historia» donde el Señor Jesús, todavía oculto a los ojos y oídos de los hombres, «se ofrece a la adoración de Isabel, como "irradiando" su luz a través de los ojos y la voz de María». María es verdaderamente la "Custodia viva del Señor", el «admirable ostensorio del Cuerpo de Cristo».
Podemos también releer el MAGNIFICAT en perspectiva eucarística. Tanto la Eucaristía como el cántico de María son una acción de gracias a Dios que se complace en la humildad y obediencia de su Siervo, Jesús, y de su Sierva, María. Como en el per ipsum de la misa, María alaba al Padre por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo, dándole todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos. Así pues, «¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!».
La actitud de la Madre ante el NACIMIENTO de su Hijo es también modélica: su mirada extasiada contemplando el rostro del Niño Jesús, tomándolo en sus brazos con todo el cariño de su amor maternal ¿no será acaso el modelo en el que ha de inspirarse cada fiel al recibir la comunión eucarística o al adorarlo presente en el sagrario? Cuando unimos nuestra mente y nuestro corazón al sacerdote que repite el gesto y las palabras de Cristo en la Última Cena, en cumplimiento de su mandato «¡Haced esto en conmemoración mía!», respondemos a la vez a la invitación de María en las bodas de CANÁ para obedecerle fielmente: «Haced lo que Él os diga».
María hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía con toda su vida, especialmente al pie de la CRUZ: «Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de "Eucaristía anticipada" se podría decir, una "comunión espiritual" de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión y se manifestará después, en el período postpascual, en su participación en la celebración eucarística, presidida por los Apóstoles, como "memorial" de la pasión» . ¿Qué habrá experimentado la Madre al escuchar de boca de Pedro, Juan y los demás apóstoles las palabras de la Última Cena: «Éste es mi cuerpo que será entregado por vosotros»? Para María recibir la Eucaristía debía ser una experiencia singularmente paradójica, puesto que es como si de nuevo acogiera a su Hijo en su corazón y en su vientre, participara de nuevo en su crucifixión y lo reconociese RESUCITADO, realmente presente según su promesa: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».
«Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. "Permaneced en mí, y yo en vosotros" (Jn 15,4). Esta relación de íntima y recíproca "permanencia" nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra» . ¿Cuándo más podemos decir sino en el momento mismo de la comunión: «Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí» ? He ahí el ideal que anhela nuestro corazón, la plenitud de todas nuestras aspiraciones, el sentido último de nuestras vidas: ¡la comunión eterna!